Todd Vanderlin y la potencia lúdica del código creativo

Nos estamos convirtiendo en sujetos éticos posthumanos gracias a nuestras múltiples capacidades de entretejer relaciones de todo tipo y modalidades de comunicación, a través de códigos que trascienden el signo lingüístico, excediéndolo en todas direcciones.

*Rosi Braidotti, Lo posthumano.



Los avatares del lenguaje: juzgar, crear, formalizar, programar

De todos los elementos que se han elegido para conceptualizar y determinar de manera precisa lo que define a lo humano, uno de las más relevantes y decisivos ha sido el lenguaje. Lo humano tiene una relación especial con la capacidad de formular e interactuar con una enorme variedad de juicios y las diversas maneras en las que –como piensa J. L. Austin– hacemos cosas con palabras. Así, el lenguaje se revela no como un sistema inerte sino como una herramienta vital e indispensable en una relación indisoluble con nuestra conciencia, necesidades, deseos y cotidianidad.

En ese sentido, una de las transformaciones más importantes en el entendimiento del lenguaje y las reglas del pensamiento se da a mediados del siglo XIX con el extenso desarrollo de la formalización lógica moderna por parte de Boole, Frege, entre otros; de ella se desprenderán durante el siglo XX –en las intersecciones de la lógica matemática y las ciencias computacionales– las denominadas funciones recursivas y la computabilidad. Simultáneamente, debido a los nuevos inventos tecnológicos y a la interacción constante con las máquinas y sistemas, tiene lugar el surgimiento de diversos lenguajes computacionales de programación que cuentan con un set definido de palabras y símbolos (sintaxis) que se mezclan con base en reglas que definen su uso (semántica).

A su vez, dichos lenguajes permiten generar un programa (o algoritmo) que –como ha explicado Casey Reas, co-creador con Ben Fry del lenguaje Processing“es un set de instrucciones que le dicen a la computadora exactamente lo que debe hacer. Es una secuencia de palabras y símbolos que codifican ideas a manera de una estructura que puede interpretar una máquina.” Sin embargo, para que la computadora pueda ejecutar las instrucciones, es necesario que el lenguaje de programación se traduzca a lenguaje máquina con notación hexadecimal gracias a un compilador o ensamblador. Con ello, el programa se transforma en software, el cual envía las instrucciones que el hardware ejecuta. Así, un lenguaje de programación es un híbrido entre un lenguaje natural –lleno de ambigüedades y enormes variaciones– y un lenguaje máquina –con reglas sumamente estrictas y vocabularios restringidos.

Esta estructuración de ideas, posibilitada por los lenguajes de programación, abre un espacio inédito en la innovación, desarrollo y aplicación de algoritmos que continua hasta nuestros días. En el contexto computacional, el algoritmo o programa desarrollado a partir de un lenguaje de programación específico –que posibilita controlar la operatividad de una computadora– recibe el nombre de código. Las inmensas posibilidades del código dependen de las especificidades y potencialidades del lenguaje de programación del que emanan; al aparecer nuevos lenguajes de programación, se desarrollan códigos originales que pueden desarrollarse de diversas maneras y pueden utilizarse con un sinfín de propósitos.

2. El código creativo llegó para quedarse (en CENTRO)

Con el auge definitivo del código y el despliegue de técnicas y herramientas de software, para manejar y procesar inmensas cantidades de información, se da (especialmente durante los ochenta) un boom en la profesionalización del uso y creación de programas, surgiendo con ello la figura del programador o coder. Sin embargo, el coder no sólo se dedica al procesamiento de información ni al desarrollo de programas, sino que –en palabras de Michael Mateas– desarrolla una alfabetización procedural (procedural literacy); es decir, “la habilidad de leer y escribir procesos, emplear la representación procedural y la estética, y entender la interacción entre las prácticas humanas de significación que se hallan inmersas en la cultura y los procesos técnicamente mediados.” A pesar de que el coder indudablemente requiere de conocimientos y habilidades técnicas que posibilitan la creación y el uso de complejos lenguajes de programación, también debe entender que su trabajo se relaciona con una manera inédita de representar e interactuar con el mundo.

Este potencial que permite la alfabetización procedural abre insólitas maneras de pensar, resolver problemas y aproximarse a todos los aspectos culturales y de comunicación vía código. En ese sentido, el código se vuelve una herramienta que se encuentra en una dialéctica entre la funcionalidad y la expresividad y, con ello, despliega su potencial creativo y estético. Más que un mero técnico, un creative coder utiliza la tecnología en proyectos de vanguardia que inciden creativamente en la realidad y la manera en que nos relacionamos. Podría decirse que el código creativo es como una artesanía digital, en donde el uso es indisociable de la belleza; el coder es un artesano. En esa misma línea, Casey, McWilliams y Barendse afirman lo siguiente en su libro Form+Code in Design, Art, and Architecture: Cada lenguaje de programación es un material distinto con el cual trabajar y pensar. De la misma forma en que un carpintero conoce las propiedades únicas de diversos tipos de madera (como el roble, la balsa o el pino), una persona conocedora de software conoce los aspectos únicos de los diferentes lenguajes de programación. Un carpintero crea una mesa seleccionando la madera con base en factores tales como el costo, la durabilidad y la estética. Un programador selecciona el lenguaje de programación basado en el presupuesto estimado, el sistema operativo y la estética.

Precisamente en este contexto, la Licenciatura en Medios Digitales y Tecnología y las Especialidades en Código creativo para diseño y para animación y video de CENTRO buscan formar directores creativos y profesionales que puedan aplicar la ciencia computacional y el código en contextos tales como el arte, los medios audiovisuales y el diseño de interacción. En sintonía con sus tres ejes principales –cooperación, producción y creatividad– se creó el ciclo de conferencias en tecnología creativa; su primer invitado fue Todd Vanderlin, quien presentó su trabajo con código en una conferencia magistral y un taller en CENTRO.

3. La codificación de lo bello: los juegos de Todd Vanderlin

Todd Vanderlin inició su trayectoria estudiando diseño y tecnología en Parsons School of Design (Nueva York), en donde rápidamente se interesó en proyecciones interactivas y juguetes. Además, ahí comenzó a interactuar con lo que se volvería el núcleo de su trabajo con código: openFrameworks, un toolkit para código creativo open-souce y escrito en el lenguaje de programación C++. Posteriormente, co-fundó Arnold R&D –un laboratorio dentro de la agencia de publicidad Arnold Worldwide– en donde continuó explorando con las potencialidades creativas de openFrameworks. De esta época datan sus proyectos Tate Hello Cube –una escultura que interactuaba presencial y remotamente con los asistentes a la exposición de Yayoi Kusama en Londres– y Night Lights –una intervención lúdica que transformó el edificio del ferry de Auckland (Nueva Zelanda) en un área de juegos de proyección. Como explicó Vanderlin en su conferencia, estos proyectos le revelaron un aspecto crucial en el trabajo creativo con código y al que todo diseñador debería aspirar: la importancia del momento de asombro, ese instante en el que el usuario se da cuenta del sistema e interactúa con él entendiendo su propósito.

Actualmente, Todd es diseñador y desarrollador en la oficina de IDEO en Cambridge, Massachusetts, una de las compañías de diseño más importantes e innovadoras en el mundo y que se guía principalmente por la curiosidad. Su proceso de diseño –que oscila entre lo real y lo imaginario– conlleva la interacción de los ámbitos de (1) bocetaje, (2) codificación y (3) construcción; además, el diseñador enfatizó que la generación de proyectos posibilita nuevos ámbitos de experimentación, lo que lleva a nuevos proyectos y permite iniciar de nuevo el proceso creativo. Finalmente, a la par de exponer una gran gama de proyectos de diseño basados en código, Vanderlin presentó los principios sobre los que basa su práctica de exploración:

Construye para diseñar – Diseña tú mismo, aunque partas de algo previo.
Construye para fallar – Prepárate para lo desconocido y las condiciones imprevistas.
Construye para crecer – Ve más allá de los proyectos; diseña lo que ames, más allá del interés o el propósito.

Según Ludwig Wittgenstein, el lenguaje sólo puede entenderse en un sentido lúdico. El lenguaje –como cualquier juego– cuenta con una normatividad que, aunque pueda ser flexible de alguna manera, provee una guía y se ajusta al objetivo establecido por los participantes. Sin embargo –al igual que como un niño que muchas veces juega sin un propósito definido–, el lenguaje también puede ligarse al deseo sin más: a veces, uno juega por el simple placer de jugar.

En sintonía con estas metáforas, el código creativo presenta la oportunidad de generar nuevas maneras de explorar, diseñar y jugar con el lenguaje de programación. Así, no es sorprendente que un diseñador que trabaja con código, como Todd Vanderlin, haya iniciado su camino inspeccionando, desarmando y diseñando juguetes. En nuestro presente, el código creativo se presenta como un medio para desplegar la potencia de lo lúdico y mostrar que –como dice el aclamado diseñador digital John Maeda– lo que más nos mueve es “la pasión por descubrir.”