El pasado del futuro es hoy

La innovación anticipatoria
de José Ramos

La mala conciencia social, latente en todo el que participa en la injusticia, y el odio contra la vida lograda son tan fuertes que en situaciones críticas se vuelven —como venganza inmanente— directamente contra el propio interés.

*T. W. Adorno y M. Horkheimer



A pesar de lo difícil que resulta negar la fragmentación que existe en todos los aspectos de la realidad actual, parece haber –al menos– un consenso general: vivimos en una época de crisis. Lo peor del caso es que la crisis es omnipresente: crisis política, crisis moral, crisis económica, crisis psicológica, crisis ambiental. Sin embargo, retomando las reflexiones de Koselleck, sería importante recalcar que la experiencia de la crisis es, antes que nada, una experiencia del tiempo histórico; en otras palabras, lo que la crisis evidencia es que existe una divergencia entre lo que hemos planeado en el pasado (con vistas en el futuro) y lo que realmente existe en el presente. Lo que la crisis revela es que la realidad objetiva no ha cuadrado con nuestros planes, intenciones y acciones subjetivas. La ansiedad ante esto sólo se agrava cuando nos llegan las últimas noticias por parte de los científicos ambientales: la gravedad del asunto es incalculable y nos queda muy poco tiempo para cambiar el rumbo antes de que sea demasiado tarde.

Es precisamente en el marco de esta experiencia de crisis y ante la ruptura entre nuestros deseos y lo real que la Especialidad en Diseño del mañana de CENTRO lanza a sus estudiantes las siguientes preguntas: ¿cómo podemos desarrollar una visión de largo plazo para tomar mejores decisiones en el presente? ¿Cómo podemos prepararnos para generar soluciones ingeniosas y radicales a los problemas que ponen en peligro nuestra existencia? Como un pequeño paso en el largo camino para darles respuesta, la Especialidad invitó a José Ramos –Director de Action Foresight y especialista en servicios de previsión– para impartir una conferencia-taller en la que presentara su diagnóstico del presente, compartiera sus planes para cambiar la práctica del diseño a la luz de las amenazas que nos acechan y explicara uno de los conceptos clave que ha desarrollado por décadas: el de ‘innovación anticipatoria’.



1. La sombra del diseño y el optimismo tecnológico

Una de las condiciones que describen la crisis del sujeto contemporáneo es la que Heidegger ha denominado como la “avidez de lo nuevo.” Siempre estamos buscando lo último, lo inédito, la novedad. Queremos saber cuál es la más reciente película, queremos poseer el vestido que nadie tiene aún o el iPhone que todavía no sale al mercado. Estamos en un permanente estado de innovación tratando de generar y diseñar las cosas que todavía no existen pero que necesitamos. En este mismo sentido, José Ramos afirma que la innovación está en el núcleo de la crisis presente porque resulta imposible ignorar que todo el progreso traído por los avances técnicos, científicos y de diseño ha resultado en un sinfín de consecuencias terribles o catastróficas: el declive de los ecosistemas, el cambio climático, el tráfico, las armas nucleares, entre muchas más. Esto nos impone una contradicción que está en el corazón mismo de la innovación: por un lado, nuestra capacidad para transformar e innovar ha sido indispensable para la prosperidad y la supervivencia; por otro, nos ha introducido en una crisis con consecuencias indeseables.

¿Qué hacer ante esta contradicción? Ramos rápidamente desecha una de las opciones: repudiar la innovación. Para él, lo que tenemos que aceptar son las consecuencias indeseables de la innovación; es decir, tenemos que aprender a vivir con la sombras de lo que diseñamos, a la vez que trabajamos en favor de la supervivencia de todos. En ese sentido, la solución empieza por una transformación o una trascendencia de esta contradicción para generar un “optimismo tecnológico.” Dicho optimismo tiene que ver con una nueva manera de entender nuestra relación con la tecnología; es decir, de una forma que no espere que el cambio provenga de un nuevo producto sino de un pensamiento diferente, de una nueva conciencia humana.

2. La futurología, el capitalismo y las consecuencias (indeseables) del sistema

Nuestra realidad se caracteriza por ser un sistema global, es decir, una red compleja de interconexiones –principalmente económicas– a una escala planetaria. Lo que se produce en Melbourne está ligado con lo que se vende en Marruecos, así como con las especulaciones financieras de Nueva York y los nuevos diseños de Sao Paulo. Ante esto, José Ramos pone un énfasis específico en las diversas consecuencias que hoy sabemos han sido nefastas para la vida en el planeta; por ejemplo, la disminución en las colonias de abejas –que impacta negativamente la polinización y el ecosistema en general– o la isla de basura del Pacífico –un continente de plástico que deambula por el océano.

Éstos son síntomas de un sistema que intencionalmente los produce y en donde muchos gobiernos, think tanks e instituciones de innovación (generalmente con fines militares) están involucrados. A esto, Ramos lo llama el “sistema de innovación industrial.” Es precisamente a través de este sistema de financiación y relación con instituciones gubernamentales y privadas como se han dado los más importantes avances tecnológicos de los últimos siglos. Interesantemente, los Estudios del Futuro –o Futurología– se derivan de dicho sistema. Herman Kahn, uno de los primeros futurólogos, estuvo encargado de realizar un estudio financiado por el gobierno de Estados Unidos a través de la Rand Corporation –organización clave de inteligencia durante la guerra de Vietnam–, con el fin de analizar la posibilidad de supervivencia en caso de una guerra nuclear.

Siguiendo a Ulrich Beck, Ramos entiende las consecuencias indeseables en relación con la sociedad que los produce: una sociedad global de riesgo. En ese sentido, la sombra del desarrollo tecnológico ha presentado un crecimiento que se revela como insostenible y que se encuentra cifrado por la deuda: lo que hoy estamos usando se lo estamos quitando a las futuras generaciones, por lo que éstas están en riesgo incluso antes de existir. Dichas consecuencias indeseables forman parte de una narrativa que inicia, al menos, desde la revolución industrial y que resulta inseparable de la evolución del capitalismo y la acumulación de valor que continúa hasta nuestros días. Las consecuencias indeseables son, pues, las externalidades sociales del desarrollo del capital, son el “afuera” de nuestras relaciones de producción.

Bajo este esquema de racionalidad instrumental, la explotación humana –que, como enseñan Adorno y Horkheimer, es inseparable de la explotación de la naturaleza– no ha desaparecido sino que sólo ha mutado: de las minas y las fábricas ha pasado a Facebook y Uber. Además, dicha situación catastrófica ha producido una polarización social que se expresa en un aislamiento auto-referencial, particularmente en redes sociales: no salimos de nuestra burbuja y estamos presos en una cámara de eco que sólo repite lo que queremos escuchar; el resultado es un cúmulo de círculos inconmensurables y cerrados en donde el diálogo y la comunicación se vuelven cada vez más difíciles.

En vistas a esta narrativa y a los retos que sitúa ante nosotros, Ramos afirma que no podemos entender la innovación tecnológica sin una comprensión apropiada del sistema de la economía política y sin una crítica de la modernidad antropocéntrica, así como de los sistemas de dominación que de ella se derivan: el patriarcado, el colonialismo, la explotación desmedida de los recursos, etc. Para ello, Ramos propone entender a dichos sistemas como opositores a todo sistema vivo. Por lo mismo, el primer paso para entablar un cambio sustantivo en cuestión de diseño e innovación es entender de otra forma al ser humano (y su relación con la naturaleza). La hipótesis de José Ramos es la siguiente: “el ser humano no hace o crea tecnología, el ser humano es tecnología.” En ese sentido, la vida humana es una vida tecnológica y –siguiendo el planteamiento de Humberto Maturana y Francisco Varela– los sistemas sociales y la racionalidad son productos orgánicos que se desarrollan con base en una interacción ambiental, constituyendo a su vez complejas y móviles redes de interdependencia.

Así, el ser humano es –más que un homo economicus– un homo tecnologicus, pues la técnica se halla en el centro de su supervivencia y naturaleza; como ha explicado Hans Blumenberg, sin la acción a distancia que permitió la posición erguida –por ejemplo, aventar rocas–, el ser humano nunca hubiera sobrevivido en un cuerpo a cuerpo con predadores y jamás hubiera desarrollado la inmensa capacidad cognitiva que lo caracteriza. Esa acción a distancia posibilitada por la posición erguida permitió no sólo un mayor régimen de visibilidad sino, más fundamentalmente, la posibilidad de anticipar el peligro, ganar tiempo y actuar en concordancia. Así de necesaria resulta la tecnología: sin ella, el ser humano no hubiera podido anticiparse al peligro ni adquirido su futuro.

3. Innovación anticipatoria: cuatro estrategias para el diseño del mañana

Siguiendo lo anterior, es claro que tenemos un problema con la innovación y las consecuencias indeseables que son síntomas de problemas sistémicos y de largo alcance. Eventos como el desastre nuclear de 2011 en Fukushima ponen en tela de juicio nuestro progreso común y evidencian los riesgos del porvenir. En esta línea, Ramos advierte que dichos eventos “de-futurizan,” es decir, que nos arrebatan el futuro, nos restan tiempo a nosotros y a nuestros descendientes. Sin embargo, en sintonía con los planteamientos y objetivos de la Especialidad en Diseño del mañana, también es posible generar proyectos que pueden “re-futurizar,” que nos dan otro futuro; esta idea es precisamente lo que está en el centro del concepto que modela la praxis y el pensamiento de José Ramos: la ‘innovación anticipatoria’. De dicho concepto, además, se derivan cuatro estrategias concretas de diseño que puedan darnos tiempo y darnos futuro.

Proyectos re-futuristas
Es necesario involucrarse –lo cual incluye una participación creativa y una política activa– en proyectos y nuevas tecnologías para atacar los síntomas del sistema y sus efectos catastróficos. Por lo mismo, el énfasis debe estar en temas como la disminución de la pobreza y en el desarrollo de tecnología que, por ejemplo, pueda limpiar la isla de basura y que sea de bajo impacto ambiental; en otras palabras, hay que fomentar proyectos que puedan garantizar el futuro.

Cosmo-localización
En relación con la estrategia anterior, pero al nivel de la economía política, Ramos propone mutualizar la producción del valor para un sostenimiento de todas las partes. Esto se reduce a la idea de estigmergia –que se ha usado en biología para describir la acción comunal de las hormigas– según la cual tenemos un sistema de comunicación para producir organización social a lo largo del tiempo. En nuestro contexto, la estigmergia es planetaria; algunos ejemplos son Linux o Wikipedia, en donde se genera valor y conocimiento en una escala global y libre, así como muchos proyectos de open source como “Stop–Reset–Go,” que buscó atacar el problema del agua a través de estrategias y diseños inéditos. Así, el diseño se transforma en una práctica abierta de generación de valor en sentido global pero que, simultáneamente, propicia cambios a las problemáticas locales.

Innovación para la resiliencia ecológica
Hoy en día, es imposible diseñar sin una consciencia de nuestro involucramiento activo –tanto a nivel micro como macro– en la inmensa red de conexiones inmensamente complejas que llamamos vida y que ha estado en constante y permanente evolución. En ese sentido, los principios ecológicos son una parte crucial de la innovación y el diseño, y pueden verse en prácticas tan diversas como la panarquía, la agricultura regenerativa, la biomímesis o la economía circular. No resulta sorprendente que muchas de estos principios y técnicas provienen del más variado conocimiento pre-moderno.

Lo común
Al concientizarnos de nuestra naturaleza tecnológica y aceptar el afuera o las sombras de nuestro diseño e innovaciones, podemos llegar a la idea de “lo común.” Relacionado con la idea de interconexión, el concepto de lo común tiene como eje la co-supervivencia y la interdependencia de los unos con los otros y, por lo mismo, incluye todos los recursos materiales e inmateriales, así como heredados o producidos. La interdependencia profunda de la que participan dichos recursos los vuelve así algo que le pertenece a la comunidad planetaria en general.

Bajo estas cuatro estrategias mínimas para el diseño futuro, el concepto de innovación anticipatoria se vuelve, además de una revolución contextual y relacional, un llamado a la acción colectiva en favor de la re-futurización, en favor de una construcción del porvenir en el presente que sea profundamente consciente de los errores del pasado. Como ya sabemos, el cambio no puede esperar y el diseño no puede ser otro que Diseño del mañana. Además de su urgencia económica, la urgencia por suturar la crisis civilizatoria que atravesamos es de índole política y, por lo tanto, ética. En palabras de Hans Jonas, el único imperativo categórico de nuestra era es el siguiente: “Actúa de tal forma en que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de vida humana genuina.” Ningún diseño puede ignorar dicho imperativo, pues es un imperativo común que tiene como esencia el diseño de un nuevo futuro que, aunque precaria o tenuemente, ya se puede vislumbrar en el tejido del presente.